Querido doctor,
ese mismo que tiene muchas razones para tenérselo creído: no todo el mundo sale íntegro de los (casi) interminables estudios de Medicina, de las noches de flexo y café, de las madrugadas de guardia y de las exigencias de algunos pacientes.
Sí, tú has podido superar todo eso y has acabado cruzando por fin la línea de meta, has clavado la bandera en la cima más alta de todas tus aspiraciones y te has hecho con lo que soñabas desde pequeño mientras examinabas a tus muñecos con el palo de tu helado favorito.
En ese largo camino recorrido has ido enriqueciendo tu mente, ampliando conocimientos y traspasando los límites de lo que pensabas que era inexistente, inimaginable. Has conocido las causas más microscópicas de una enfermedad que azota a la población mundial, y te han dado conocimientos suficientes para poder administrar una cura o buscarla antes de que se acabe el tiempo.
Has ido haciéndote con algo sumamente importante: la experiencia. Y esa misma experiencia es la que te ha insensibilizado ante situaciones límite, extremas, que años atrás pensarías que no soportarías. Porque si hay algo que está claro es que los médicos vivimos sumidos en mitad de la miseria humana, y tratamos de erradicarla. Esas vivencias van endureciéndote el corazón, parece que se forma una coraza cada vez que pisas el hospital; como cuando un erizo saca sus púas cuando se siente en peligro.
Pero espera, antes de que vuelvas a blindarlo, permíteme un consejo: no olvides de dónde vienes. Porque no hace mucho tiempo atrás tú eras yo pisando las huellas que dejaste tú en el hospital mientras corrías detrás del médico que te enseñó lo que ahora sabes y pones en práctica. Tú eras yo, en una esquina de la habitación tratando de incomodar lo mínimo posible al paciente en su consulta. Tú eras yo y mi vergüenza antes de entrar a un quirófano lleno de gente y con un paciente sobre la mesa de operaciones. Tú también eras yo en cada equivocación. Tú también fuiste yo en momentos de frustración.
Tú has tenido siempre las mismas ganas que tengo yo por aprender.
Tú eres lo que quiero terminar siendo yo.
Tú ahora eres lo que yo miro con asombro y admiración; tú eres el ejemplo que habré de seguir. Las pautas que me has establecido (consciente o inconscientemente) para el momento en el que me vea sola ante el peligro.
Recuerda que como a ti, a mi también me gusta sentirme útil, que estoy aprendiendo. Que a mi también me gusta descubrir cada día un poco más que estoy hecha para esto; que estamos tratando con la parte más vulnerable de cada uno, que si algo nos debe sobrar no es más que humanidad, empatía, entrega y dedicación.
Tú has estado en mi piel y por eso te pido esto. Dedica una parte de tu valioso tiempo a los que seremos como tú en un futuro. Esos minutos van a construir un futuro que repercutirá en cientos, miles de personas. Todas con las que traten todos aquellos estudiantes y residentes que pasen por tus manos. Algún día seremos nosotros quienes tengan que aliviar(te) y curar(te) el sufrimiento, ¿qué mejor oportunidad tienes para poder moldearnos?
Recuérdalo: tú has estado aquí.

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